🔶 Cronología del Horizonte Funerario de la Cultura LBK en Schwetzingen
El espejismo de la eternidad: cómo un cementerio neolítico reescribe el tiempo de nuestros antepasados
Imagine un cementerio centenario. Un lugar donde generaciones enteras descansan juntas, donde abuelos, padres y nietos comparten el mismo suelo durante siglos. Esa imagen de permanencia, de arraigo profundo al territorio, ha sido durante décadas la metáfora perfecta para describir la llegada de la agricultura y la vida sedentaria a Europa. Pero, ¿y si todo ese tiempo fuera una ilusión construida por la imprecisión de nuestros métodos? ¿Y si los primeros agricultores del continente no fueron esos campesinos estables y anclados al paisaje, sino comunidades mucho más dinámicas, breves y cambiantes de lo que jamás imaginamos?
Un pequeño cementerio en el suroeste de Alemania, llamado Schwetzingen, está obligando a los arqueólogos a tirar por la borda décadas de certezas. Con 178 tumbas, es uno de los cementerios más grandes del Neolítico inicial europeo. Y gracias a una técnica estadística que hasta hace poco era territorio exclusivo de las casas de apuestas y la inteligencia artificial, hemos descubierto que no funcionó durante siglos, sino apenas durante el tiempo que tardan cuatro o siete generaciones en vivir y morir. Un abrir y cerrar de ojos en la historia de la humanidad.
Este hallazgo no es un detalle menor. Cambia radicalmente cómo entendemos la sociedad, los rituales, la violencia y hasta las desapariciones de los pueblos que nos precedieron. Bienvenidos a la nueva cronología del Neolítico.
▪ El problema de medir el tiempo con tiestos rotos
Durante más de medio siglo, la cultura de la cerámica de bandas (Linearbandkeramik o LBK, por sus siglas en alemán) ha sido el símbolo inequívoco de la revolución neolítica en Europa central. Entre el 5500 y el 4900 antes de nuestra era, estas comunidades se expandieron desde el río Vístula en Polonia hasta la cuenca del Sena en Francia, ocupando un territorio de más de dos mil kilómetros. Su nombre procede de la decoración característica de sus vasijas, y durante décadas, esas mismas vasijas han sido el principal reloj para datar su existencia.
El razonamiento era aparentemente sólido: los estilos cerámicos cambian con el tiempo, y si ordenamos los tiestos por su complejidad decorativa, obtendremos una secuencia cronológica. Sobre esa base, los arqueólogos construyeron modelos de cómo se expandió la cultura, cómo evolucionaron sus ritos funerarios y cómo se estructuró su sociedad. Se asumía que los grandes cementerios, como el de Schwetzingen, eran instituciones comunitarias que operaron durante siglos, auténticos depositarios de la memoria colectiva de aldeas estables.
El problema, como tantas veces en ciencia, es que la teoría superaba a la evidencia. La mayoría de esas cronologías se apoyaban en un puñado de dataciones por radiocarbono, a menudo mal calibradas y casi nunca sometidas a un análisis estadístico riguroso. Era como intentar contar la historia de una ciudad con solo tres fechas en su archivo municipal.
▪ La máquina de volver al pasado: el modelado bayesiano
Aquí es donde entra en juego una herramienta que ha revolucionado la arqueología cronológica en los últimos quince años: el modelado bayesiano.
El nombre suena a matemáticas complicadas, y lo es, pero su esencia es sencilla y poderosa. Imaginemos que tenemos una serie de fechas de radiocarbono procedentes de un mismo yacimiento. Cada fecha tiene un margen de error. El modelo bayesiano permite incorporar información adicional que tenemos sobre el sitio: por ejemplo, que los entierros más profundos son probablemente los más antiguos, o que un determinado estilo cerámico solo aparece en la última fase de ocupación.
Con esas reglas de juego, el algoritmo calcula la secuencia temporal más probable, reduciendo drásticamente los márgenes de error. Es como pasar de una fotografía borrosa a una imagen en alta definición. En Schwetzingen, los investigadores aplicaron este modelo a cincuenta nuevas dataciones de radiocarbono, combinándolas con doce publicadas anteriormente. En total, analizaron casi un tercio de todos los individuos enterrados en el sitio.
Los resultados fueron demoledores para las viejas hipótesis.
▪ Schwetzingen: cuatro generaciones y adiós
Según el modelo bayesiano, la actividad funeraria en Schwetzingen comenzó entre el 5240 y el 5215 antes de nuestra era, y finalizó entre el 5135 y el 5050. Esto supone una horquilla total que va de los 75 a los 185 años, con una duración más probable de unos 130 años. Apenas cuatro o siete generaciones humanas.
No siglos. No milenios. Una familia puede tener una casa durante cuatro generaciones. Un restaurante puede sobrevivir ese tiempo en una misma esquina. Pero no es lo mismo que pensar en un cementerio que acoge a los muertos de una comunidad durante trescientos o cuatrocientos años. La diferencia es cualitativa, no solo cuantitativa.
El modelo no solo acotó la duración total. También permitió descomponer la historia interna del cementerio con un detalle sin precedentes. Los investigadores identificaron tres agrupaciones espaciales de tumbas, tres clústeres. Y la secuencia temporal mostró una progresión clara: se comenzó enterrando en el clúster noreste, el número 2. Con el tiempo, la actividad se extendió hacia el oeste (clúster 1) y finalmente hacia el sur (clúster 3). El cementerio creció de manera ordenada, como una ciudad que expande sus barrios.
▪ El extraño caso de las orientaciones cambiantes
Uno de los hallazgos más fascinantes tiene que ver con cómo colocaban los cuerpos. En las fases más antiguas del cementerio, los difuntos aparecen orientados en direcciones muy diversas, sin un patrón claro. Los arqueólogos llaman a esto orientación "no normativa". Pero a medida que avanza el tiempo, algo cambia en la mente de estas personas. Las orientaciones se van estandarizando hasta convertirse en dos únicas direcciones posibles: noreste-suroeste y sureste-noroeste.
Este cambio es crucial. Habla de una comunidad que está definiendo sus reglas, que está creando una ortodoxia funeraria donde antes había diversidad. La estandarización de los ritos suele asociarse con la consolidación de estructuras de poder o de sistemas de creencias compartidos. En Schwetzingen, ese proceso ocurrió en un lapso de tiempo muy breve, quizás en apenas dos o tres generaciones. No fue una tradición inmemorial que se transmitió durante siglos, sino una invención relativamente rápida que se impuso y normalizó.
▪ La gerontocracia y las azadas de piedra
El ajuar funerario también habla de una sociedad en transformación. Entre todos los objetos encontrados en las tumbas, solo las azadas de piedra mostraron una tendencia cronológica clara. Estos instrumentos, que podían usarse tanto para trabajar la madera como para el carneo de animales o incluso como armas, aparecen con mucha más frecuencia en las fases iniciales del cementerio.
Pero lo realmente interesante es quién las recibía. Las azadas se asociaban predominantemente con varones de edad avanzada. Los jóvenes y adolescentes, aunque abundan en los primeros entierros, no portaban estos objetos. Esto ha llevado a los investigadores a proponer un modelo social que podríamos llamar gerontocrático, en el que el estatus y probablemente el poder político estaban vinculados a la edad y, presumiblemente, a linajes patrilineales. Solo los hombres que alcanzaban cierta edad y pertenecían a los clanes correctos merecían ser enterrados con estos símbolos de prestigio.
El análisis de isótopos de estroncio en el esmalte dental añade una capa más de complejidad. Este análisis permite saber si una persona nació en el lugar donde fue enterrada o si se desplazó durante su vida. Los resultados muestran que algunos individuos, especialmente varones, tenían una "movilidad sustancial". Los investigadores interpretan que estos hombres podrían haber participado en la trashumancia, llevando el ganado a pastar a tierras altas cercanas durante parte del año. Curiosamente, los varones mayores enterrados con azadas mostraban valores isotópicos locales, lo que sugiere que no participaban en esas tareas móviles. La élite gerontocrática podía permitirse quedarse en casa mientras otros se desplazaban con los rebaños.
▪ Un horizonte funerario simultáneo en toda Europa
Si el caso de Schwetzingen fuera único, sería una anécdota interesante pero limitada. Pero los investigadores compararon sus resultados con otros cementerios LBK distribuidos por toda Europa central: Nitra en Eslovaquia, Vedrovice en la actual República Checa, Kleinhadersdorf en Austria, Stuttgart-Mühlhausen en Alemania. Y el patrón se repite.
El modelo de expansión geográfica que se había sostenido durante décadas sostenía que los cementerios aparecieron primero en el este (en la actual República Checa, hacia el 5300 a.C.) y fueron extendiéndose progresivamente hacia el oeste hasta la desaparición de la cultura hacia el 4900. Pues bien, los datos cronológicos de alta precisión desmontan por completo esta narrativa.
No hay un gradiente este-oeste. Los cementerios más antiguos no están en el este. Schwetzingen, por ejemplo, se encuentra entre los primeros en aparecer, a pesar de estar en el oeste del territorio LBK. Lo que emerge de los datos es un "horizonte funerario" simultáneo: en todo el territorio ocupado por la cultura de la cerámica de bandas, los cementerios comienzan a funcionar más o menos al mismo tiempo y tienen duraciones breves, de aproximadamente un siglo.
Esto tiene implicaciones profundas. Significa que la adopción del rito de la inhumación en cementerios formales no fue un proceso gradual de difusión cultural, sino una transformación rápida y sincrónica que afectó a comunidades muy distantes entre sí. Lo que implica la existencia de redes de interacción mucho más intensas y veloces de lo que se creía.
▪ El problema de los muertos que faltan
Si los cementerios se usaron durante apenas cien años, surge una pregunta incómoda: ¿Dónde están los muertos del resto del tiempo? La cultura LBK existió durante aproximadamente seis siglos, desde el 5500 hasta el 4900. Si los cementerios solo funcionaron en los últimos 130 años de ese periodo, eso significa que durante más de cuatrocientos años las comunidades LBK estuvieron haciendo algo muy distinto con sus cadáveres.
Los investigadores lo expresan con crudeza: una gran parte de la población neolítica del centro de Europa no recibió un entierro visible arqueológicamente. ¿Qué hacían con los cuerpos? ¿Los exponían al aire libre? ¿Los arrojaban a los ríos? ¿Los enterraban dentro de las casas de formas que no han dejado rastro? No lo sabemos. Pero la brevedad de los cementerios LBK convierte esta pregunta en una de las más urgentes para la arqueología funeraria del Neolítico.
Otra posibilidad, que los autores no descartan, es que la ocupación de la región por parte de las comunidades LBK fuera mucho más breve de lo que sugiere la cerámica. Quizás la cultura no duró seis siglos, sino que los estilos cerámicos que consideramos indicadores de continuidad fueron en realidad producidos por poblaciones distintas que se sucedieron en el territorio, o que se movían en ciclos de ocupación y abandono.
▪ Talheim: cuando la violencia marca el punto final
El final de la cultura LBK ha sido objeto de debate durante décadas. ¿Fue un colapso gradual? ¿Una transformación pacífica en otras culturas? ¿O hubo un componente violento? El cementerio de Schwetzingen no responde directamente a esta pregunta, pero su estudio cronológico permite situar con precisión otros sitios que sí hablan de violencia.
Uno de ellos es la fosa común de Talheim, también en el suroeste de Alemania. Allí se encontraron los restos de 34 individuos depositados juntos, sin el cuidado ni la organización de los cementerios contemporáneos. El análisis forense no dejó dudas: eran víctimas de una masacre, un único evento violento que acabó con toda una comunidad aldeana.
El modelado bayesiano ha permitido situar este evento en el tiempo con una precisión inusitada. Y el resultado es revelador: la masacre de Talheim es el último evento asociado a la cultura LBK en la región. Después de Talheim, no hay más cerámica de bandas, no hay más cementerios con ese rito funerario. La violencia no fue la única causa del fin de la LBK, pero en el suroeste de Alemania marca un punto de no retorno.
Junto a Talheim, otros sitios como Herxheim muestran prácticas aún más inquietantes: fragmentación deliberada de cuerpos, entierros secundarios y posible canibalismo ritual. Estos sitios no son cementerios en el sentido convencional, sino espacios donde los cuerpos fueron tratados de manera excepcional, probablemente en contextos de crisis o de transformación social profunda. La cronología de alta precisión está empezando a mostrar que estos sitios violentos o ritualmente extremos aparecen precisamente en el momento en que los cementerios formales dejan de usarse. Como si hubiera una relación de sustitución: cuando el orden social representado por los cementerios ortodoxos se rompe, emergen otras formas de tratar a los muertos.
▪ Una sociedad más dinámica de lo que creíamos
En conjunto, la nueva cronología de Schwetzingen y del horizonte funerario LBK dibuja un retrato de las primeras sociedades agrícolas de Europa muy diferente del que manejábamos. No eran comunidades estables, ancladas al territorio durante siglos, transmitiendo tradiciones inmutables de generación en generación. Eran grupos dinámicos, que adoptaban y abandonaban prácticas funerarias en lapsos de tiempo muy breves, que estandarizaban sus rituales en apenas unas décadas, que se desplazaban con su ganado y que mantenían redes de interacción que permitían la sincronización de cambios culturales a lo largo de dos mil kilómetros.
La movilidad era una parte central de su vida. No solo la movilidad geográfica de quienes practicaban trashumancia con el ganado, sino también la movilidad social de individuos que se integraban en comunidades donde no tenían vínculos de sangre. Los análisis genómicos realizados en otros cementerios LBK, como el de Stuttgart-Mühlhausen, han mostrado que solo una cuarta parte de los individuos enterrados juntos tenían parientes biológicos en el mismo sitio. El resto eran "forasteros" integrados en la comunidad. Los cementerios no eran cementerios de familia, al menos no en el sentido estricto de linajes biológicos. Eran espacios utilizados por múltiples comunidades simultáneamente, lugares de encuentro e interacción donde los muertos se mezclaban sin importar su origen.
▪ El regreso a casa después de la muerte
Otro hallazgo fascinante apunta a la existencia de prácticas de retorno funerario. Algunos individuos, según la hipótesis de los investigadores, vivían en comunidades alejadas de Schwetzingen pero fueron traídos de vuelta a este cementerio para ser enterrados. Eran personas que habían emigrado en vida pero que sus familiares querían que descansaran en el suelo ancestral.
En este contexto, las cremaciones adquieren un significado especial. En Schwetzingen aparecen de forma intermitente a lo largo de la secuencia, no como una práctica mayoritaria pero sí como una opción recurrente. Los huesos cremados son mucho más fáciles de transportar que un cadáver en descomposición. Si una comunidad quería devolver a uno de los suyos al cementerio de sus antepasados desde una aldea lejana, la incineración era la solución práctica. La presencia de cremaciones en los cementerios LBK podría ser, por tanto, un indicador indirecto de movilidad residencial y de la importancia de mantener los vínculos con el lugar de origen.
▪ Lo que aún no sabemos
La investigación sobre Schwetzingen es un ejemplo magnífico de cómo la ciencia avanza a base de refinar preguntas. Cada respuesta abre nuevas incógnitas. Los propios autores del estudio reconocen que faltan datos de regiones clave para tener una imagen completa del fenómeno. Alsacia, los Países Bajos, el norte de Francia, Hungría... todas estas zonas tienen cementerios LBK que no han sido sometidos a un modelado bayesiano sistemático. Sin ellos, no podemos estar seguros de que el "horizonte funerario simultáneo" sea realmente válido para todo el territorio.
Tampoco sabemos cómo se relacionan estos cementerios de breve duración con los asentamientos domésticos. Si los cementerios solo se usaron durante un siglo, ¿los pueblos asociados también tuvieron ocupaciones breves? ¿O las aldeas duraron mucho más tiempo pero cambiaron de lugar donde enterrar a sus muertos en algún momento de su historia? La arqueología de los asentamientos LBK es menos precisa cronológicamente que la de los cementerios, y aquí hay un desajuste que deberá resolverse en el futuro.
Y queda la gran pregunta del final. Si la masacre de Talheim marca el cierre de la LBK en el suroeste de Alemania, ¿qué ocurrió en otras regiones? ¿Hubo colapsos violentos similares o hubo transformaciones graduales? La desaparición de la cerámica de bandas hacia el 4900 a.C. no fue un evento uniforme. En algunas zonas, la cultura se transforma en otras entidades arqueológicas sin solución de continuidad aparente. En otras, como en el suroeste alemán, hay evidencias de violencia y abandono. La cronología de alta precisión nos permite ahora distinguir estos patrones regionales con un detalle antes imposible.
▪ Conclusión: bienvenidos a un Neolítico más humano
La imagen que emerge de esta investigación es la de unas sociedades neolíticas mucho más parecidas a las nuestras de lo que nos gustaría admitir. Cambiantes, innovadoras, violentas a veces, móviles casi siempre. Gentes que no vivían ancladas a una tradición inmemorial, sino que inventaban sus rituales, los estandarizaban, los abandonaban, y volvían a inventar otros. Que se desplazaban por el paisaje, que enviaban a sus muertos de vuelta a casa, que integraban forasteros en sus comunidades y que, de vez en cuando, masacraban a la aldea de al lado.
La brevedad de sus cementerios nos habla de una relación con el territorio diferente a la que supusimos. No eran monumentos a la permanencia, sino testimonios de momentos concretos, quizás de auge demográfico o de consolidación de nuevas identidades. Cuando esas circunstancias cambiaban, los cementerios dejaban de usarse. Y los muertos empezaban a recibir otro destino, que hoy desconocemos porque no deja rastro arqueológico.
Schwetzingen nos enseña que, en arqueología, la precisión cronológica no es un fin en sí mismo. Es una ventana a la agencia humana, a las decisiones colectivas, a los cambios sociales que ocurren a escala de vidas individuales, no de milenios. Los primeros agricultores de Europa no vivieron en cámara lenta. Vivieron tan rápido como nosotros, tomaron decisiones, cambiaron de opinión, innovaron, fracasaron, y todo eso quedó registrado en la tierra, esperando que aprendiéramos a leer el tiempo con la precisión adecuada.
Ahora, al fin, estamos aprendiendo.
Fuentes
- Morell-Rovira, B., Bickle, P., Hamilton, D., Díaz-Zorita Bonilla, M., Francken, M., & Masclans, A. (2025). New temporal dimensions of the Linearbandkeramik cemetery horizon in Schwetzingen (Germany). Antiquity, 99(407), 1212–1229. https://doi.org/10.15184/aqy.2025.10169